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viernes, 29 de agosto de 2014

VIERNES DE PUNTACHO

       En el libro de bautismo, el mulato Martín de Porres, fue registrado como “hijo de padre desconocido”, quizá porque heredó los rasgos y el color de la madre, lo cual, don Juan de Porres, su padre, vio como un rasgo de humillación.
Por aquella época, la profesión de barbero estaba ligada con la medicina, es por eso que Martín, adquirió ambos conocimientos. Bajo el contexto superfluo de la vida hubo una paradoja en su vida: sintiendo inclinación por la perfección, pidió ser admitido como “donado”, es decir, terciario, en el convento de los dominicos. Se le asignaron pues, las labores y tareas más humildes, materializadas en la escoba. Siempre barriendo los rincones del convento se le veía, labor que le permitió establecer platica con los roedores, quienes obedecían en fila sus órdenes, comiendo de la misma cacerola, junto a los perros y a los gatos al mismo tiempo. Las injurias hacia su persona le alegraban, como el hecho de ser llamado: “perro mulato”. Se propuso ser vendido como esclavo para remediar las penurias económicas del convento. Después de nueve años de “donado” le fue concedido profesar la vida religiosa pronunciando los votos de pobreza, obediencia y castidad. Practicó el ayuno, la penitencia, el sacrificio y la oración al grado de adquirir carismas como la levitación, la profecía, el éxtasis, la bilocación, la contemplación, la invisibilidad, y el atravesar paredes. Bastaba con que el enfermo deseara que estuviera ahí Martín, para que éste se presentara en el instante mismo del deseo, sin importar la hora que fuera. “Tengo mis modos de entrar y salir” –respondió- cuando se le preguntó cómo le hacía para entrar en un cuarto cerrado con llave. “Yo te curo y Dios te sana”, -decía- al  curar instantáneamente a los enfermos mediante plantas que él mismo cultivaba. Fundó el asilo de Santa Cruz, donde daba cabida a menesterosos, vagabundos, huérfanos, limosneros y enfermos pestilentes que albergaba hasta en su propia cama. En su lecho de muerte el mismo virrey, conde de Chichón, besó la mano de Martín quien al oír las palabras “Et homo factus est” del credo que se le rezaba, besó el crucifijo y expiró plácidamente.

       Desde un punto lejano, al extremo de la calle que rodea el parque infantil, su amigo le grita a don Crescencio: “¿Cuándo vas a dejar la escoba?” “Hasta que me muera” –Le contesta aquél profesional de la escoba- quien, sin remuneración alguna, por iniciativa propia y en el silencio de aquella tarea, al levantarse y al caer el día de todos los días, de todas las semanas y de todos los años, barre las instalaciones de aquel parque con el fin de que las familias y los niños jueguen el juego de la vida, y por buena imagen de la colonia, según sus propias razones.

Seguramente, don Crescencio a sus 75 años y en su aforismo: “Hasta que me muera”, ha encontrado la esencia y trascendencia de la vida en la humilde Escoba Mulata, capaz de llevar a puntos sublimes y sobrenaturales rebasando las categorías mundanas.

Yo, sin ser virrey ni conde, quisiera besar la mano de don Crescencio como ósculo de homenaje a su sabiduría alcanzada y quizá, también, con intención esperanzadora de saber de aquél secreto de vida encerrado en la escoba.

-Acrela-

GLOSARIO:

-       BILOCARSE: Dicho de una persona: Hallarse en dos lugares distintos a la vez.


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