En el libro de
bautismo, el mulato Martín de Porres, fue registrado como “hijo de padre
desconocido”, quizá porque heredó los rasgos y el color de la madre, lo cual,
don Juan de Porres, su padre, vio como un rasgo de humillación.
Por aquella
época, la profesión de barbero estaba ligada con la medicina, es por eso que Martín,
adquirió ambos conocimientos. Bajo el contexto superfluo de la vida hubo una
paradoja en su vida: sintiendo inclinación por la perfección, pidió ser
admitido como “donado”, es decir, terciario, en el convento de los dominicos.
Se le asignaron pues, las labores y tareas más humildes, materializadas en la
escoba. Siempre barriendo los rincones del convento se le veía, labor que le permitió
establecer platica con los roedores, quienes obedecían en fila sus órdenes,
comiendo de la misma cacerola, junto a los perros y a los gatos al mismo
tiempo. Las injurias hacia su persona le alegraban, como el hecho de ser
llamado: “perro mulato”. Se propuso ser vendido como esclavo para remediar las
penurias económicas del convento. Después de nueve años de “donado” le fue
concedido profesar la vida religiosa pronunciando los votos de pobreza,
obediencia y castidad. Practicó el ayuno, la penitencia, el sacrificio y la
oración al grado de adquirir carismas como la levitación, la profecía, el
éxtasis, la bilocación, la contemplación, la invisibilidad, y el atravesar
paredes. Bastaba con que el enfermo deseara que estuviera ahí Martín, para que
éste se presentara en el instante mismo del deseo, sin importar la hora que
fuera. “Tengo mis modos de entrar y salir” –respondió- cuando se le preguntó
cómo le hacía para entrar en un cuarto cerrado con llave. “Yo te curo y Dios te
sana”, -decía- al curar instantáneamente
a los enfermos mediante plantas que él mismo cultivaba. Fundó el asilo de Santa
Cruz, donde daba cabida a menesterosos, vagabundos, huérfanos, limosneros y
enfermos pestilentes que albergaba hasta en su propia cama. En su lecho de
muerte el mismo virrey, conde de Chichón, besó la mano de Martín quien al oír
las palabras “Et homo factus est” del credo que se le rezaba, besó el crucifijo
y expiró plácidamente.
Desde un punto
lejano, al extremo de la calle que rodea el parque infantil, su amigo le grita
a don Crescencio: “¿Cuándo vas a dejar la escoba?” “Hasta que me muera” –Le
contesta aquél profesional de la escoba- quien, sin remuneración alguna, por
iniciativa propia y en el silencio de aquella tarea, al levantarse y al caer el
día de todos los días, de todas las semanas y de todos los años, barre las
instalaciones de aquel parque con el fin de que las familias y los niños
jueguen el juego de la vida, y por buena imagen de la colonia, según sus
propias razones.
Seguramente,
don Crescencio a sus 75 años y en su aforismo: “Hasta que me muera”, ha
encontrado la esencia y trascendencia de la vida en la humilde Escoba Mulata, capaz
de llevar a puntos sublimes y sobrenaturales rebasando las categorías mundanas.
Yo, sin ser
virrey ni conde, quisiera besar la mano de don Crescencio como ósculo de
homenaje a su sabiduría alcanzada y quizá, también, con intención esperanzadora
de saber de aquél secreto de vida encerrado en la escoba.
-Acrela-
GLOSARIO:
-
BILOCARSE: Dicho de una persona: Hallarse en dos lugares distintos
a la vez.

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