1- El médico le dijo a la chica de tacón dorado: “Tómese estas cápsulas, y en un par de días estará de nuevo en la cama”…
2- El gran pecador oyó por fin la voz de su conciencia y decidió cambiar de vida. Arrepentido de sus culpas, contrito por la ruin existencia que hasta entonces había llevado, buscó a un sacerdote e hizo ante él la confesión general de sus iniquidades. El confesor le dijo: “Sólo puedo darte la absolución si encuentras un alma caritativa que esté dispuesta a rezar por ti 2 mil rosarios”. El pecador se angustió: a nadie conocía capaz de hacer por él tal sacrificio. En la última banca de la iglesia vio a una mujer que rezaba piadosamente su rosario. El pecador, acostumbrado a arreglarlo todo con dinero, fue hacia ella y le dijo: “¿Le gustaría ganarse 500 pesos?”. “Que sean mil -respondió ella-, y yo pago el cuarto”...
3- Doña Pasita, anciana señora de pueblo, mujer religiosa, humilde, de moral tal que no pronunciaba ni una palabra vana, fue a la capital a visitar a su nieta Candelaria, a quien hacía mucho tiempo no veía. Se sorprendió cuando al llegar vio el edificio donde vivía la muchacha. Era una construcción de lujo situada en el sector de más moda en la ciudad. El portero del edificio -más que portero parecía por su uniforme el comodoro de la flota nacional- frunció el ceño cuando la vio entrar, y más cuando la vejuca le preguntó tímidamente si ahí vivía la señorita Candelaria. “Aquí no vive ninguna señorita Candelaria” -le dijo el comodoro. Ella se atrevió a decir: “Mi nieta vive en el departamento 14”. “En el 14 no vive ninguna Candelaria. Vive la señora Mixtifori”. Así dijo el portero, y dirigiéndose a su ayudante completó sotto voce: “Y amigos que la acompañan”. No alcanzó a oír doña Pasita el comentario del ujier, comentario que regocijó mucho al asistente. “Le diré lo que voy a hacer –dijo el portero-. Llamaré a la señora Mixtifori para informarle que está aquí una viejita que la busca. Ella me dirá si la dejo entrar o no”. Tomó el teléfono, en efecto, y luego de un intercambio de palabras le preguntó a la azorada visitante: “¿Se llama usted Pasita?”. “Para lo que guste usted mandar” -respondió ella. “Puede pasar entonces -concedió el portero haciendo un ademán magnificente-. Pero no entretenga mucho a la señora Mixtifori, pues ésta es la hora en que sale a trabajar”. Se sorprendió doña Pasita al oír aquello, pues eran ya las 11 de la noche. ¿Qué clase de trabajo podía ser aquel que obligaba a su pobrecita nieta a salir de su casa en hora tan inoportuna? Subió con lentitud por la escalera -tenía miedo de los elevadores- y llamó a la puerta del departamento número 14. Le abrió la tal señora Mixtifori. Era su nieta Candelaria, no cabía duda. Apenas pudo reconocerla, sin embargo. Iba vestida en tal manera que por arriba se le veía hasta abajo y por abajo se le veía hasta arriba. Su cabello, antes tan negro -”ala de cuervo” llamaba la gente a ese tono de cabello-, parecía ahora catálogo completo de la conocida marca de pinturas Sherwin-Williams. El profuso maquillaje que llevaba le daba semejanza de muñeca japonesa. Sus pestañas postizas eran tan largas que cada vez que parpadeaba se agitaban violentamente las cortinas de la sala. Gastaba medias rojas, de malla, y calzaba zapatos de tacón aguja atados a los tobillos con cordones. Se cubría los desnudos hombros con una boa de plumas color anaranjado; traía bolsa de chaquira y lentejuelas; mascaba chicle que hacía tronar en cada masticada -chac, chac, chac-, y fumaba un cigarrillo turco en larga boquilla de carey. Doña Pasita quedó como quien ve visiones. Aturdida, pasmada, sorprendida, no acertó a decir palabra. ¿Era aquella la muchachita a quien ella mandaba al catecismo, le contaba cuentos de hadas, y le cantaba canciones de Cri Cri, y a la que le enseñó a pedir las cosas por favor, y a decir ‘Me llamo Candelaria Maraqueta, para servir a Dios y a usted’?”. Candelaria -perdón: la señora Mixtifori- sonrió al ver el desconcierto de la anciana. “¿Qué pasa, abuela? -le preguntó con tono divertido-. ¿Soy o me parezco?”. Doña Pasita al ver la forma de responder tan altanera y burlesca de su nieta le contestó sin vacilar y de forma perentoria: “Pos hija, si no lo eres ¡me cae de madre que lo pareces!”.

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