CON SU FIGURA de horizontal brevedad, no así su verticalidad, con la humildad que lo hacía casi transparente, con su espiritualidad que lo hacía omnipresente, Román, el ermitaño, entró en aquella tienda, escasa y despoblada de oferta, que era más demanda de ventana para huir de la soledad asesina.
Entró, y posando su huesuda mano en la cabeza de aquella madre, que se encontraba sentada, enjugó su llanto preguntando con paternal acento: “¿Por qué lloras hija?”. La madre entrando más en sentimiento dijo: “Padre, mi hijo ha emigrado hace muchos años y hace medio que no me habla, que para mí es una vida entera, y no sé nada de él”. “No llores madre- le dijo con la misma solemnidad y respeto que ella le dijo él al llamarle padre-. No te preocupes más. Yo voy a rezar y a hacer sacrificios. Tu hijo te hablará esta semana”. Así dijo el religioso, y bendiciendo a aquella mujer, salió llevando en su bolsa estopín, junto a sus verduras, su amargura y dejándole paz en el alma.
Tres días después, el cielo estaba en los oídos de esa madre: el hijo pródigo era prodigio ahora, pues le estaba haciendo una llamada.
Un mes después, aquél espíritu orante, pasaba frente a la casa de la anciana, ella, corrió a su encuentro con otras lágrimas. “Gracias padre, mi hijo me ha hablado”-dijo con agradecimiento-. Él, cerrando sus ojos sólo sonrió asintiendo lo que él ya sabía y siguió su camino como huyendo sin prestar atención al agradecimiento después de estar en la necesidad y así, con la simplicidad ante el milagro realizado difuminó hasta confundir su encorvada y refulgente figura entre los oblicuos rayos del sol vespertino.
Podrán venir muchas objeciones con premisas de ciencia, de azar, de arcanos y mágicos oráculos, pero yo me quedo con el milagro. Me lo dice la sencillez y transparencia de aquél hombre escuálido, su oración y su sacrifico. Me lo grita esa seguridad de su afirmación contundente incapaz de dejarle en su anuncio profético, a aquella madre, una vil patraña , una ilusión charlatana, sino de dejarle la certeza infalible de la fe con su consiguiente e inexorable realización de su promesa: “…Tu hijo te hablará esta semana”.
Entró, y posando su huesuda mano en la cabeza de aquella madre, que se encontraba sentada, enjugó su llanto preguntando con paternal acento: “¿Por qué lloras hija?”. La madre entrando más en sentimiento dijo: “Padre, mi hijo ha emigrado hace muchos años y hace medio que no me habla, que para mí es una vida entera, y no sé nada de él”. “No llores madre- le dijo con la misma solemnidad y respeto que ella le dijo él al llamarle padre-. No te preocupes más. Yo voy a rezar y a hacer sacrificios. Tu hijo te hablará esta semana”. Así dijo el religioso, y bendiciendo a aquella mujer, salió llevando en su bolsa estopín, junto a sus verduras, su amargura y dejándole paz en el alma.
Tres días después, el cielo estaba en los oídos de esa madre: el hijo pródigo era prodigio ahora, pues le estaba haciendo una llamada.
Un mes después, aquél espíritu orante, pasaba frente a la casa de la anciana, ella, corrió a su encuentro con otras lágrimas. “Gracias padre, mi hijo me ha hablado”-dijo con agradecimiento-. Él, cerrando sus ojos sólo sonrió asintiendo lo que él ya sabía y siguió su camino como huyendo sin prestar atención al agradecimiento después de estar en la necesidad y así, con la simplicidad ante el milagro realizado difuminó hasta confundir su encorvada y refulgente figura entre los oblicuos rayos del sol vespertino.
Podrán venir muchas objeciones con premisas de ciencia, de azar, de arcanos y mágicos oráculos, pero yo me quedo con el milagro. Me lo dice la sencillez y transparencia de aquél hombre escuálido, su oración y su sacrifico. Me lo grita esa seguridad de su afirmación contundente incapaz de dejarle en su anuncio profético, a aquella madre, una vil patraña , una ilusión charlatana, sino de dejarle la certeza infalible de la fe con su consiguiente e inexorable realización de su promesa: “…Tu hijo te hablará esta semana”.
-Acrela-

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