1- El Lobo Feroz irrumpió violentamente
en la alcoba de la abuela de Caperucita Roja. Le dijo con terrible acento, las
fauces de furia, los ojos de mal: “¡Te voy a comer!”. “¿A comer? –replicó ella
desde su cama, despectiva-. Eso déjalo para Caperucita. A mí con J”…
2- Frustracia, le dijo a don Languidio,
su esposo: “Sé que me engañaste. Sé con quién, cuándo y dónde. Lo que no sé es
con qué”…
3- Una diferencia real entre el sexo por
amor y el sexo por dinero es que el sexo por amor sale más caro…
4- Digna de
ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero es la historia de amor de
Florecita y el Panchón. Flor, doncella núbil, era hija de don Poseidón, rico
hacendado, y de doña Holofernes, señora perteneciente a la aristocracia rural
de Petatillo, lugar antiguo cuyos pobladores se dedicaban al noble cultivo de
la verdolaga. Florecita era bella y era lánguida, como la María de Jorge
Isaacs, como el loto desmayado que dice la canción. Su pálido rostro semejaba
una mañana inverniza; sus cabellos eran tímidamente rubios; tenían sus ojos el
azul desvaído de los plúmbagos. Además hacía un mole de olla muy sabroso.
Panchón, el caporal de la hacienda, era un guapo gañán de músculos torosos y
procerosa estatura. Hijo de padre desconocido y madre demasiado conocida, fue
recogido cuando niño por don Poseidón y su mujer, que lo criaron como a un
hijo, pues no tuvieron descendencia de varón: Florecita fue el único fruto que
su matrimonio dio. Crecieron juntos los dos niños, como hermanos, pero luego
los separaron las convenciones sociales y el qué dirán de las ociosas lenguas.
Los designios de amor, empero, son inescrutables. Díganlo si no Abelardo y
Eloísa, Romeo y Julieta, Dante y Beatriz, Emilio Varela y Camelia la Texana. Se
vieron un domingo al salir de la misa de San Palisandro, y quedaron encendidos
en ignívomo fuego de pasión. Sabían que su unión era imposible, y eso alentó
más la hoguera que los devoraba. Todas las noches, cuando la hacienda dormía
ya, Florecita salía a la reja. Él la esperaba ansiosamente, cubierto por el
embozo de las sombras. Sin decir palabra depositaba un casto beso en la mano de
nácar de la joven, y ella le correspondía con una docena de tamales o un plato
de chilaquiles. ¡Sublime amor que con palabras no puede ser descrito! Pero muy
bien lo dijo el clásico: "Amor et melle et felle est fecundissimus".
El amor es pródigo lo mismo en miel que en hiel. Valiéndose de un anónimo algún
perverso -o perversa- puso en conocimiento de don Poseidón aquellas furtivas
entrevistas que su hija sostenía con el caporal, y ella no pudo ya ver a su
amado, pues el riguroso genitor se lo prohibió, y la hizo vigilar día y noche
por una ruda mujer con más ojos que Argos y más fiereza que Cerbero. Nada
vence, sin embargo, al verdadero amor: Florecita sobornó a la vieja con un
anillo de oro, y una noche huyó de la casa con su enamorado. A pie escaparon,
para que el ruido de los cascos de un caballo no los delatara. Cuando al día
siguiente don Poseidón descubrió que su hija ya no estaba, salió en persecución
de los amantes para alcanzarlos antes de que se consumara lo irreparable. Llevó
consigo a don Marcial, el más hábil rastreador de la comarca, hombre diestro en
seguir la huella tanto de humanos como de animales. "Por aquí salieron,
patrón -le dijo a don Poseidón-. Mire: son los piececitos de la Florecita y las
patotas del Panchón". Jinetes en sendos corceles siguieron el rastro.
"Por aquí atravesaron -señaló el batidor en el sembrado-. Mire: son los
piececitos de la Florecita y las patotas del Panchón". Llegaron a las
lindes de la hacienda. "Por aquí pasaron -dictaminó don Marcial-. Mire:
son los piececitos de la Florecita y las patotas del Panchón".
"¡Rápido! -ordenó el hacendado, impaciente-. ¡No demos tiempo a que lo
irreparable se consume!". No despegaba la vista del suelo el batidor. La
más leve seña -un terrón removido, una ramita rota- era para él una certera
guía que con clara voz le señalaba el rumbo. Dijo: "Por aquí entraron en
el bosque, patrón. Mire: son los piececitos de la Florecita y las patotas del
Panchón.". Fueron entre los árboles. El paso de sus cabalgaduras rompía el
augusto silencio de los montes y despertaba una sonora algarabía de pájaros.
Llegaron a lo orilla del río, cinta de plata en aquella imponente soledad. Don
Poseidón espoleaba a su caballo, presa de rabia y desesperación. Llegaron a la
arena que se tendía, mansa, en la ribera. De pronto don Marcial bajó de su
cabalgadura y estudió cuidadosamente el suelo. Después lanzó un suspiro de
tristeza. "Patrón -le dijo al hacendado con pesaroso acento-, ya sucedió
lo irreparable. Mire: son las pomponotas de la Florecita y las rodillitas del
Panchón"...

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