DON JUSTO, escarbando la propiedad de
don Miles, encontró monedas, muchas monedas de oro. El peón, con ética de pobre y
sabiduría septuagenaria, fue a decirle a
su empleador de tal hallazgo.
Don Miles, ahora millonario y
potentado, se transformó en un ser prepotente, denostador, vil, austero y cicatero.
Murió el peón. El potentado, a ruego de su
nieta - la pequeña- mandó, el día de muertos, un escueto ramo de flores a la
tumba de su empleado. Más sucedió que al siguiente día apareció el ramo de flores
en la puerta del millonario quien, por su orgullo mancillado o pensando que era una broma de algún suyo
enemigo, hizo devolverlo a la tumba. Por mucho tiempo y a diario, en el umbral
de su casa, volvía a aparecer el ramo y éste, era devuelto al cementerio. Se cansó
el pudiente de aquella broma y un día, se sentó toda la noche junto a su
puerta. A la media noche vio llegar, sin dar crédito alguno, a su peón con el
ramo de flores. Le dijo el alma: “Don Miles: Mi tumba es un hogar y su casa es
una tumba. Yo soy el vivo, usted es el muerto, pues yo camino mi muerte, usted
sienta su vida¨.
Como suele ser más el orgullo del rico que su
dinero, se atrevió a contestarle al obrero: “Yo creo que esto es un sueño y, en
todo caso, la realidad es que yo tengo
vida y tú estás muerto”. “En todo caso – le interrumpió el “muerto” alejándose
del “vivo”- las flores son en vida, en vida hermano. Ahí se las dejo, yo no las
quiero, yo no las necesito”.
-Acrela-

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