1. Don Maizoro, campesino, que había emigrado de su pueblo a la capital ya hace unos buenos años, le decía a su compadre, Silvestre, también campesino emigrado: “Me preocupa su ahijado. Ya está en edad de tener sexo, y una de estas jóvenes capitalinas y modernas podría trasmitirle un herpes, una gonorrea, o contagiarle el sida. ¡Cómo quisiera yo que se encontrara una muchacha buena, a la antigüita, que lo llenara de piojos, liendres o de ladillas!”...
2. La dueña del único prostíbulo que había en el pueblo hizo una importante contribución en dinero para la reconstrucción del templo parroquial. En la junta del comité de obras el buen Padre Arsilio dudaba si aceptar o no ese donativo. De entre los feligreses surgió una voz: “Acéptelo, padrecito. A fin de cuentas es dinero aportado por todos nosotros”.
3. Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, estaban bebiendo en la cantina del lugar. Se le acerca Floripondio todo temulento, y le dice con tono sugerente, "Don Empedito, le pido un favor:, yo creo ya debo estar muy borracho porque todo lo veo doble. ¿No me puede usted llevar cargando hasta mi cuarto?''. "Pos no seas pendejo Flori, -respondió Empédocles-. Cierra un ojo y así lárgate''...

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