Interrumpió
el cotidiano idilio de la muchacha y los tipos. Secretaria y máquina tuvieron
un breve descanso. El hombre había estado preso minutos antes. Tenía un recado
para ella. Era el de otro preso compañero que le suplicó preguntara y buscara a
un hombre barbado y seco. Que le urgía hablar con él, ya que era el único que
podía ayudarlo. El hombre, delante de ella, le dijo que ahí le dejaba ese
recado pues tenía miedo le fuera a pasar lo mismo.
Al salir de su trabajo, por la tarde, ella
se paró en la esquina del mercado. Veía para todos lados. Sabía de un hombre
con esas características pero que se aparecía en la ciudad sin periodicidad y
en breve tiempo. Nadie sabía cuándo, a qué hora o dónde, sólo aparecía. Y
apareció justo en ese instante el hombre de barba ancha, más ancha que su
cuerpo. Ella, suponiendo que él era el preguntado, como pudo se dio a entender,
pues era extranjero y le habló de aquél preso que lo buscaba. El hombre posó su
mano sobre la cabeza de ella y asintió con serenidad luego.
Al
día siguiente, muy por la mañana, llegó hasta el rincón de ese diario amorío,
un hombre escarnecido y sollozante. Le dio las gracias porque supo que ella
había contactado al ermitaño. Le platicó que había llegado el religioso y le
contó su miedo. Que él era inocente, pero no obstante, los gendarmes lo habían
golpeado y dejándolo medio muerto, lo amenazaron que vendrían al otro día
temprano, para rematar su otra mitad desfallecida. Él, lo había escuchado con
paciencia pues dejó que terminara su historia, a pesar de que, le dijo el
sacerdote, ya sabía su historia, y poniendo su mano en su cabeza le dijo que
iba a rezar, que no se preocupara, que los verdugos no vendrían, y él, a esa
hora, estaría ya fuera. Y se fue sin decir más palabra. Y así sucedió.
Le dijo el hombre a la secretaria: “Gracias por encontrar al Padre”.
-Ella respondió- “Después de haberlo escuchado a usted, señor, estoy segura
que, a ese hombre de Dios, yo no lo he encontrado. Estoy segura que él me vino
a buscar a mí para encontrarlo usted”.
Yo, seguro estoy, que el ermitaño, desde la piedra de su reclinatorio,
balbuceó entre sus rezos y sacrificios diarios: "Dios es el que nos ha
buscado"
-Acrela-
GLOSARIO:
- RECLINATORIO: Mueble acomodado para arrodillarse y orar.

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