1.
Pepito tenía 4 añitos cuando le preguntó a su mami:
“¿Cómo nacen los bebés?”. Respondió la señora: “Los trae la cigüeña”. Volvió a
preguntar Pepito: “¿Y quién se está follando a la cigüeña?”.
2.
El doctor Duerf, célebre analista, le mostró a su
paciente, mujer soltera ya muy entrada en años, un cartón con un dibujo
abstracto. Le preguntó: "¿Qué ve?". Respondió la mujer. "Veo una
picha". El facultativo sacó otro cartón: "¿Ahora qué ve?".
"Veo una picha" -repitió ella. Tercer cartón: "¿Qué ve?".
"Una picha". "Señorita -dictaminó el psiquiatra-, trae usted un
serio desorden mental". Replicó la
mujer: "Y usted trae desabrochada la bragueta".
3.
Nemoroso, ranchero en flor de edad, consiguió por fin
que la Micaila, agraciada doncella campesina, accediera a entregarle la flor
nunca tangida de su virginidad. Buscaron un grato paraje en la solitud de la
floresta umbría, y ahí empezaron a abrazarse y besarse con ardimiento ignito
arrullados por la música que hacían las cristalinas linfas al correr sobre las
guijas del riachuelo, y por el canto de una tórtola zurita que desde las ramas
de un aromoso cedro. Encendidos de pasión los dos amantes se despojaron
mutuamente de sus ropas, igual que hicieron Dafnis y Cloe en el romance
pastoril de Longo. Nemoroso tendió a Micaila sobre la muelle arena de la riba,
y luego procedió a consumar con delicadeza el bucólico desposorio. La emoción
del momento, sin embargo, no fue suficiente para que el silvestre galán dejara
de advertir la insólita conducta de su amada. Empezó la garrida muchacha a
menearse con movimientos que a él le parecieron demasiado eróticos. Subía y
bajaba las caderas con formidable impulso; les imprimía un movimiento circular
igual que si con ellas estuviera escribiendo la letra o; se meneaba con giros
impetuosos que de inmediato pusieron a su amador al borde del eretismo o
espasmo de la culminación. Salió el muchacho del santuario del deliquio y con
recelo interrogó a la moza: “Dime la verdad, Micaila: ¿es ésta la primera vez
que un hombre te hace obra de varón?”. “Claro que sí -respondió ella ofendida
al oír esas palabras de dubitación-. ¿Por qué me lo preguntas?”. Respondió él,
suspicaz: “Porque tus convulsivos movimientos, tus ondulantes giros y tus
sinuosos meneos, balanceos, contoneos y zarandeos no son propios de una
señorita”. “Te equivocas -replicó la zagala-. Sí son propios de una señorita.
¡De una señorita a quien el pendejo de su novio acostó sobre un hormiguero!”.

0 comentarios:
Publicar un comentario