EN SU CASA, de pie, brindaban sus palabras, rebosantes como la copa obligatoria en
mano. Ella, Doña Esperanza del Recuerdo, cada 31 de diciembre, fecha única que
celebraba, y donde lograba reunir a su familia toda –que, para ella, constaba
de 30 miembros -. Por eso, siempre disponía, una a su derecha y otra a su
izquierda, dos sillas que contenían una
partida: la de su esposo y la de su hijo, difuntos ambos. Hablaba siempre de
una paradoja cíclica: de un fin, que es también paradoja de un comienzo. Metáfora
de muerte, metáfora de vida.
De
Melancolía y esperanza, eran siempre sus
palabras.
Presentes
estaban, también, dos ramas del árbol
que se apartaban de tal prosapia, pues cada año criticaban el par de sillas
vacías, a quienes parecía un gesto absurdo, sentimentaloide y anticuado.
En
la Mansión Celestial, de pie, esposo e hijo, brindaban sus espíritus rebosantes de fe y de gloria,
en ese mismo día, a esa misma hora. Por eso, siempre disponían, alrededor de
ellos, 28 lugares, que contenían una espera.
De
melancolía y esperanza, eran siempre sus palabras.
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Acrela
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