1- Llegó don Cornilio a su casa, y en ella no estaba su mujer. Fue con Mitoteria, la vecina y le preguntó: “¿Viste si mi esposa salió de compras?’’. “La vi salir –respondió ella-, pero por la forma en que iba pintada y vestida se me hace que más bien iba de ventas’’...
2- El perico de la casa se subía a la barda del gallinero y animaba al gallo cuando éste cumplía su función con las gallinas. “¡Dale duro, Kiko! –lo incitaba con su estridente voz-. ¡Sobre ella! ¡Dale duro kiko!”. El gallo no necesitaba de tales exhortaciones para hacer lo que debía hacer. Lo molestaban, pues, los gritos del pertinaz cotorro. Pero el loro insistía: “¡A ella, kiko! ¡Dale; dale duro!”. Cierto día una súbita ráfaga de viento hizo que el perico cayera en medio de las gallinas. De inmediato el gallo fue hacia él con intención más que evidente. Temeroso, pero sobre todo resignado, le dijo el cotorro: “Suavecito, Quikín; suavecito”…
3- Una tortuga macho percibió la presencia -a 100 metros de distancia- de una tortuga hembra. Inmediatamente encaminó sus pasos hacia ella. Después de siete días llegó por fin a donde estaba. Subió a la tortuga, empresa en la cual tardó otro día, y luego de acomodarse convenientemente para la ocasión -12 horas más empleó en eso- le hizo el amor durante 6 horas y media. Al terminar el trance la tortuga hembra acudió ante el juez de los animales y presentó una denuncia por violación contra la tortuga macho. “¿Cómo estuvo eso?” –le preguntó el juzgador a la tortuguita. “No sé, su señoría –respondió ella-. ¡Todo sucedió tan aprisa!”…
lunes, 3 de febrero de 2014
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