1. 1. Desde la mismísima noche de bodas el esposo insistió en apagar la luz al realizar el acto del amor. Eso fue motivo de extrañeza para su mujer, pero no dijo nada. Transcurrieron las semanas y los meses, y él apagaba siempre la luz en el momento de la intimidad. Pasó el tiempo, y el marido persistió en esa costumbre. Llegó la noche en que la pareja celebró 20 años de matrimonio. Después de cenar con sus siete hijos los casados se fueron a la cama y se dispusieron a la entrega mutua. El tipo, como de costumbre, apagó la luz. En medio de la acción la señora consideró que aquello era ridículo, que había llegado el tiempo de hacer las cosas con la luz prendida. La encendió, en efecto, y lo que vio la dejó estupefacta: en el trance de la refocilación su marido no hacía uso de su parte anatómica correspondiente: empleaba un juguete erótico de plástico. “¡Ah, canalla! ¡maldito! ¡poco hombre! –profirió hecha una furia-. ¡Ahora veo que desde el principio me has tenido en el engaño! ¡Habla, bellaco! ¡Me debes una explicación por el uso de ese artilugio plástico!”. Responde con toda calma el individuo: “Te explicaré lo del artilugio si tú me explicas lo de los siete hijos”…
2. Don Languidio Sinresignio, señor de edad madura, les contó con presunción a unos adolescentes que se burlaban de la gente mayor que pasaba por el parque de la pequeña ciudad: “A los 20 años de edad no podía yo doblar mi varonía en rijo ni usando las dos manos. A los 30 pude inclinarla un poco, con dificultad. A los 40 ya la pude doblar con una sola mano. A los 50 años logré inclinarla utilizando tres dedos nada más. Ahora la doblo con un solo dedo”. Uno de los pubertos le dijo, extrañado y con sorna: “¿Por qué nos cuentas eso abuelo?”. Contestó muy orgulloso el senescente caballero: “Me pregunto hasta dónde va a llegar mi fuerza”.
3. Un galancete se presentó ante don Poseidón y le dijo que deseaba hablar con él. Lo hizo pasar el jefe de la casa y le preguntó en qué lo podía servir. “Don Poseidón –dijo el boquirrubio-: su hija Susiflor y yo nos amamos. Vengo a pedirle que me permita entrar en su familia”. Frunció don Poseidón el ceño y otras cosas y dijo al visitante: “¿En qué trabaja usted?”. “Por el momento en nada –respondió con franqueza el mozalbete-. He estado desempleado los últimos cinco años, y aunque me han ofrecido varios trabajos no los he aceptado, porque estoy en espera de un puesto gerencial”. “Entonces –inquirió don Poseidón, severo-, ¿con qué va usted a mantener a mi hija?”. “Para eso –dijo el solicitante-, me confiaré a la Divina Providencia y a la generosidad de usted y de su digna esposa”. “Ya veo –refunfuñó don Poseidón-. Y dígame: ¿dónde van a vivir?”. “Por el momento no tengo un techo que me cubra –confesó el pretendiente-. Pero la casa en que usted y su señora viven es muy grande. Con la mitad de ella me conformaría para vivir aquí con Susiflor”. “Entiendo –gruñó el viejo-. Y otra cosa me gustaría saber: “¿tiene usted coche?”. “Por el momento no –replicó el muchacho-. Pero usted tiene en su casa dos vehículos. Puede escoger el que le guste más, y yo me conformaré con el otro”. En eso llegó la esposa de don Poseidón, doña Holofernes. Le dijo éste: “Qué bueno que llegas, mujer. Quiero presentarte al joven árbitro, que desea casarse con Susiflor y entrar así en nuestra familia”. Desconcertado le preguntó el visitante a don Poseidón: “¿Por qué me llama usted ‘árbitro’, señor?”. “¡Grandísimo Cabròn! –estalló el viejo-. ¡Porque lo único que traes es el pito!”…
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