1Peligroso
ejercicio es el de la incredulidad: los que no creen en nada acaban por no
creer ni siquiera en sí mismos. Malbéne, a quien algunos han llamado “el
teólogo del sentido común”, charlaba cierto día con un incrédulo. La
conversación de los incrédulos suele ser muy aburrida, pues se la pasan
diciendo: “No lo creo”. Pero la cortesía de Malbéne es tan grande como su
fe.-No puedo creer en Dios -decía el escéptico-. Porque, si hay un Dios,
entonces ¿cómo se puede explicar la existencia del mal?-Yo en cambio no puedo
dejar de creer en Dios -respondió Malbéne con una sonrisa-. Porque, si no hay
un Dios, entonces ¿cómo se puede explicar la existencia del bien?El incrédulo
no dijo nada ya, y se puso muy serio. Los incrédulos se ponen muy serios cuando
no pueden decir nada ya.
jueves, 15 de mayo de 2014
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