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viernes, 23 de mayo de 2014

VIERNES DE PUNTACHO

Por azares, vericuetos y circunstancias dela vida, ésta misma, me hace dormir en la cama de mi madre.
Quizá ese maternal aposento me recordó su santo sagrario donde pasé nueve meses naciendo a la vida, tanto que dormí larga y placenteramente. Me despertó, el santo también, olor de su ropero, que justo al pie de su cama, fiel ha permanecido por décadas enteras. 
Santa es su esencia ya en sí por el santo olor de la madera, pero divino se torna aquel sagrario porque en sus cajones guardadas están, seguro estoy, cientos de sus lágrimas silenciosas pero derramadas, cientos de noches en guardavela rezandera, cientos de despertares madrugadores, cientos de ayunos, cientos de sacrificios, cientos de ayes doloridos, cientos de suspiros por los que se le han ido, cientos de nostalgias, cientos de recuerdos, cientos de alegrías. Allí reposarán, en sus veinticuatro horas, cada uno de los días de sus padres, de mi padre y de mis hermanos, esos días que ella nunca olvidará ni en la otra vida. 
En un momento quiero abrir aquel ropero, para saber qué produce aquella emanación de éxtasis arrebatador, pero sé que, por ser yo causa de muchas de esas sus lágrimas, mis ojos indignos sólo verán sus ropas en él guardadas.

Versiones hay de algunos que han regresado de la otra vida que cuentan del perfume divino del cielo. También hay los testimonios, de santas que a su muerte, sus cuerpos inertes, despiden fragancias de rosas y jazmines.
Yo, no he regresado de la otra vida ni he asistido a funerales de místicas, pero al despertar aquella mañana, al respirar aquel efluvio de esa su madera centenaria, he respirado el cielo en su ropero, porque mi madre es santa y sin caer en la herejía, mi madre es divina pues el Buen padre Dios les dio esa condición al querer también él, tener una.
-Acrela-


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