1- Un cura católico, un ministro protestante y un rabino judío eran buenos amigos entre sí, y con frecuencia se juntaban a tomar un café y a hablar de las cosas de Dios. Cierto día un individuo los encaró, retador. Les dijo: “Lograr la conversión de un hombre es cosa fácil. Me gustaría verlos, sin embargo, tratando de convertir a un oso”. Al principio echaron a broma esa proposición, pero luego la discutieron y acordaron ponerla en práctica. Al día siguiente los tres se internaron en el bosque, cada uno en busca del oso al que trataría de convertir. Se encontrarían por la tarde a fin de comparar sus resultados. A la hora fijada llegaron el sacerdote católico y el pastor protestante. Los dos se veían muy contentos. Dijo el párroco: “Le hablé al oso de la Virgen María, y de inmediato se convirtió al catolicismo”. Dijo el ministro evangélico: “Le leí al oso textos de la Biblia, y al punto se hizo protestante”. En eso estaban cuando llegó el rabino. Venía lleno de heridas, sangrante y lacerado. Dijo con voz doliente: “Creo que circuncidar al oso no fue la mejor manera de iniciar su conversión”...
2- Uglicia, la mujer más fea de la comarca, viajaba en tren, y le tocó dormir en la litera de arriba. En la de abajo iba un hombre que roncaba sonoramente, tanto que Uglicia no podía conciliar el sueño. Desesperada, le habló al hombre para despertarlo: “Señor… Señor…”. “Ni lo pienses –le dijo el incivil sujeto-. Te vi cuando subimos al tren”...
3- Tres individuos llegaron al mismo tiempo al Cielo. San Pedro le preguntó al primero: “¿Le fuiste fiel a tu esposa?”. “No siempre –confesó el tipo-. Tuve tres o cuatro aventuras en mi vida de casado”. “Podrás entrar al Cielo –le indica el apóstol de las llaves-, pero por tus infidelidades recibirás sólo un coche compacto para transportarte”. San Pedro llamó al segundo hombre y repitió la pregunta: “¿Le fuiste fiel a tu mujer?”. Contestó el individuo: “Sólo una vez en la vida la engañé”. “Tienes derecho entonces a un automóvil mediano” –le dijo San Pedro al tiempo que le abría la puerta de la morada celestial. Se volvió el hacia el tercer sujeto y le hizo la misma pregunta: “¿Engañaste a tu esposa alguna vez?”. “Jamás –responde el individuo con firmeza-. Siempre le fui absolutamente fiel; no le falté ni con el pensamiento”. Le dijo el portero celestial: “Entra y recibe tu premio: un automóvil de lujo; el más grande de todos”. A los pocos días los tres coincidieron en un semáforo en rojo. El que iba en el coche lujoso lloraba desconsoladamente. “¿Por qué lloras? –le preguntaron los otros-. Fuiste el más afortunado; mira el coche que traes”. “Sí –contesta lleno de aflicción el tipo-. Pero acabo de ver pasar a mi mujer. Iba en patines”…
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