Es una historia en dos, o dos historias en una, sucedida. Sharon, esta sobrina mía, que cada día es menos pequeña, y que ahora tiene ocho años, me ha clavado, me clava y me seguirá clavando, seguro lo tengo, dardos de filosofía y teología.
Le dije ayer, en la cena, que compartí con ella, que le contaría una historia, que ella no conocía porque sucedió cuando ella tendría unos tres años de edad. Comencé diciéndole que a esa edad su abuelito tenía ya cinco años de fallecido, por lo tanto, ella no lo conoció porque ella no estaba aún en este mundo. Ella me preguntó que dónde estaba pues. Yo le dije que no estaba en ningún lugar. Con tono fuerte y ademán seguro, me dijo que ella ya estaba. Yo, con las mínimas matemáticas elementales que coincidentemente ella está aprendiendo ahora en la escuela, le hice ver que si ella nació dos años después de que su abuelito muriera, entonces ella no estaba aún. “Claro que ya estaba porque mi mamá ya estaba, y yo estaba en ella”-fue su razonamiento que borró mis matemáticas.
Seguí con mi historia. Le dije que, una noche, de visita en mi casa, ella estaba sentada en el regazo de mi hermana, su madre, y que, de pronto, al ver al cuarto contiguo casi en umbra, a través de una cortina de tela azul semitransparente, hacía gestos como de duda, no de miedo, y después sonreía. A pregunta de su madre, ella contestó que, allí, adentro, había un señor que la llamaba, que le extendía sus brazos y le sonreía, que la quería en un abrazo. Su madre sólo dijo en término coloquial que veía visiones.
Al llegar Sharon y su madre a su casa. Ésta, extendió un álbum familiar de fotos para guardar otras en ese día tomadas. De pronto, al hojear su madre dicho cuadernillo, Sharon interpuso su mano sobre una página y con su dedo, señalando una foto, le dijo a su madre: “Mira mamá, este señor es el que me llamaba”. Ella tenía posado su dedo en una foto de mi padre, su abuelo, a quien, las inequívocas y exactas matemáticas, me decían que no había conocido.
Sharon, como todo niño, por estar recién salida de Dios, es un angelito todavía que sabe mucho del cielo y que por lo mismo, a esa su corta edad, ella, ya sabe de las cosas de esta vida, “sin estar” aún en esta vida y estando en esta vida, ya sabe de las cosas de la otra vida “sin estar” aún en la otra vida. Quizá los niños pueden tener tres años de edad, pero quizá tienen ya una eternidad de vida.
-Acrela-

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