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viernes, 5 de diciembre de 2014

VIERNES DE PUNTACHO

   EN LOS AYERES NACIENTES de las empresas de servicios básicos de hoy,  en el currículum vítae de los empleados, tenían más tinta los valores como la disposición, la voluntad, la entrega y la fidelidad, que las habilidades de los mismos, tanto así, que se podía observar el tosco,  único y omnipresente dedo de las secretarias, oprimir las duras teclas de las obligadas y mecánicas máquinas de escribir. Con los valores bastaba para que al paso del tiempo dichos empleados escalaran la cumbre de la pirámide del, cada vez más elaborado organigrama empresarial.

Rafaelita, fue la primera empleada. Se podría decir que llegó antes que la empresa misma. Nunca se había cortado el cabello que, suelto, pisaba el suelo. La solución era su eterna trenza que doblaba por mitad y aun así le sobrepasaba su estrecha cintura. Nunca atentó usar cosmético alguno, pues su belleza era natural y despiadada para con los que osaban poner su mirada en aquella figura de diosa, aseada, muy bien lograda pues, sus oblicuos y grandes ojos, escoltados por sus enormes, pobladas negras  y chinas pestañas, eran de mirada recta, nunca  se detenían en circunstancias laterales que denotarían extravío o le llevaran a su conducta ser arrastrada por una tentación mundana.  Su ristra pues, era el compendio que hacía de su figura un todo, una esencia sin accidente aparente alguno; de una sola pieza de virginal hechura; de moral, reputación y disciplina pura. Era el paradigma de señorita de aquella su sociedad contemporánea.
Pero aquella guedeja negra mal sujetada por los amarres de esa moral y buenas costumbres fanatizadas, dos veces en la vida le fue desatada por la inexorable fuerza de su naturaleza humana que a gritos le pedía comportarse con natura. Se la desaliñó un casquivano quien la abandonó  y le dejó, en ocasiones separadas, a una niña y aun niño en su juventud ya madura. Eso le hizo mella en su conciencia y apretó más con juramento religioso no volver a desatarla y ocupó sus pasos sólo para sus deberes domésticos, religiosos y laborales. Entregó su tiempo y su vida a su empresa pues las necesidades se habían multiplicado por tres y no iba a abandonar a sus retoños como las abandonó el engendrador.

Pasaron los años y la vida con su mechón  al aire. Y llegó el tiempo de su jubilación que la dejó marchita y su trenza, igual de larga, pero ya cana y rala ahora. Se fue a su casa, abrió la puerta y se plantó ante sus hijos diciendo con gran sonrisa: “Ahora sí hijos, ya estoy en casa, ya vine para estar con ustedes” Como respuesta de sus dos hijos, ya con alas, encontró un: “Mamá, tu viniste cuando nosotros ya nos vamos. Cuando te necesitamos tú no estabas. Tus hijos fueron siempre la empresa y sus deberes”. Esas palabras le dolieron más que sus dos deslices morales. Con la compañía de la soledad en casa, regresó a la empresa. Todos saludaron con pronto saludo pues todos volvían a sus deberes. Se dio cuenta que su escritorio de mil labores, ya era ocupado por una joven egresada de estudios superiores. Ya no hacía falta, ya no llamaron “jefa”. Sino “lita”. Su palabra ya no era más la última palabra, ni tenía más valor que la del dueño mismo, ni la de sus jefes que vio desfilar a raudales.

Rafelita fue una Institución en la institución que era la empresa, pero no fue institución en la Institución que fue su familia.
La empresa estaba allí y seguiría allí. Sus hijos, ya estaban.

-Acrela- 

GLOSARIO
-RISTRA: Trenza hecha de los tallos de ajos o cebollas. / Conjunto de ciertas cosas colocadas unas tras otras.
-GUEDEJA: Cabellera larga. / Melena de león.


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