EN LOS AYERES NACIENTES de las empresas de
servicios básicos de hoy, en el currículum
vítae de los empleados, tenían más tinta los valores como la disposición, la
voluntad, la entrega y la fidelidad, que las habilidades de los mismos, tanto así,
que se podía observar el tosco, único y
omnipresente dedo de las secretarias, oprimir las duras teclas de las obligadas
y mecánicas máquinas de escribir. Con los valores bastaba para que al paso del
tiempo dichos empleados escalaran la cumbre de la pirámide del, cada vez más elaborado
organigrama empresarial.
Rafaelita, fue la primera empleada. Se podría
decir que llegó antes que la empresa misma. Nunca se había cortado el cabello
que, suelto, pisaba el suelo. La solución era su eterna trenza que doblaba por
mitad y aun así le sobrepasaba su estrecha cintura. Nunca atentó usar cosmético
alguno, pues su belleza era natural y despiadada para con los que osaban poner
su mirada en aquella figura de diosa, aseada, muy bien lograda pues, sus
oblicuos y grandes ojos, escoltados por sus enormes, pobladas negras y chinas pestañas, eran de mirada recta,
nunca se detenían en circunstancias
laterales que denotarían extravío o le llevaran a su conducta ser arrastrada
por una tentación mundana. Su ristra pues,
era el compendio que hacía de su figura un todo, una esencia sin accidente aparente
alguno; de una sola pieza de virginal hechura; de moral, reputación y
disciplina pura. Era el paradigma de señorita de aquella su sociedad
contemporánea.
Pero aquella guedeja negra mal sujetada por los
amarres de esa moral y buenas costumbres fanatizadas, dos veces en la vida le
fue desatada por la inexorable fuerza de su naturaleza humana que a gritos le
pedía comportarse con natura. Se la desaliñó un casquivano quien la abandonó y le dejó, en ocasiones separadas, a una niña
y aun niño en su juventud ya madura. Eso le hizo mella en su conciencia y
apretó más con juramento religioso no volver a desatarla y ocupó sus pasos sólo
para sus deberes domésticos, religiosos y laborales. Entregó su tiempo y su
vida a su empresa pues las necesidades se habían multiplicado por tres y no iba
a abandonar a sus retoños como las abandonó el engendrador.
Pasaron los años y la vida con su mechón al aire. Y llegó el tiempo de su jubilación
que la dejó marchita y su trenza, igual de larga, pero ya cana y rala ahora. Se
fue a su casa, abrió la puerta y se plantó ante sus hijos diciendo con gran
sonrisa: “Ahora sí hijos, ya estoy en casa, ya vine para estar con ustedes”
Como respuesta de sus dos hijos, ya con alas, encontró un: “Mamá, tu viniste
cuando nosotros ya nos vamos. Cuando te necesitamos tú no estabas. Tus hijos
fueron siempre la empresa y sus deberes”. Esas palabras le dolieron más que sus
dos deslices morales. Con la compañía de la soledad en casa, regresó a la
empresa. Todos saludaron con pronto saludo pues todos volvían a sus deberes. Se
dio cuenta que su escritorio de mil labores, ya era ocupado por una joven
egresada de estudios superiores. Ya no hacía falta, ya no llamaron “jefa”. Sino
“lita”. Su palabra ya no era más la última palabra, ni tenía más valor que la
del dueño mismo, ni la de sus jefes que vio desfilar a raudales.
Rafelita fue una Institución en la institución
que era la empresa, pero no fue institución en la Institución que fue su
familia.
La empresa estaba allí y seguiría allí. Sus
hijos, ya estaban.
-Acrela-
GLOSARIO
-RISTRA: Trenza hecha de los tallos de ajos o
cebollas. / Conjunto de ciertas cosas colocadas unas tras otras.
-GUEDEJA: Cabellera larga. / Melena de león.

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