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miércoles, 24 de septiembre de 2014

MIÉRCOLES DE LIBRO (Historia del Tiempo)

HISTORIA DEL TIEMPO
(Del Big Bang a los Agujeros Negros)
Stephen Hawking

Capítulo 5: LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES Y LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA  (Páginas 93 – 100)

Aristóteles creía que toda la materia del universo estaba compuesta por cuatro elementos básicos. Tierra, aire, fuego y agua. Estos elementos sufrían la acción de dos fuerzas: la gravedad o tendencia de la tierra y del agua a hundirse, y la ligereza o tendencia del aire y del fuego a ascender.
También creía Aristóteles que la materia era continua, es decir, que un pedazo de materia se podía dividir sin límite en partes cada vez más pequeñas. Sin embargo, unos pocos sabios griegos, como Demócrito, sostenían que la materia era inherentemente granular y que todas las cosas estaban constituidas por un gran número de diversos tipos deferentes de átomos. En 1803, el químico y físico británico John Dalton señaló que el hecho de que los compuestos químicos siempre se combinaran en ciertas proporciones podía ser explicado mediante el agrupamiento de átomos para formar otras unidades llamadas moléculas. Einstein, en un artículo escrito en 1905 señaló que el fenómeno conocido como movimiento browniano –el movimiento irregular, aleatorio de pequeñas partículas de polvo suspendidas en un líquido- podía ser explicado por el efecto de las colisiones de los átomos del líquido con las partículas de polvo.
En aquella época ya había sospechas de que los átomos no eran, después de todo, indivisibles. J.J. Thomson, había demostrado la existencia de una partícula material llamada electrón, que tenía una masa menor que la milésima parte de la masa del átomo más ligero. En 1911, el físico británico Ernest Rutherford mostró, finalmente, que los átomos de la materia tienen verdaderamente una estructura interna: están formados por un núcleo extremadamente pequeño y con carga positiva, alrededor del cual gira un cierto número de electrones.
Al principio se creyó que el núcleo del átomo estaba formado por electrones y cantidades diferentes de una partícula con carga positiva llamada portón, se creía que era la unidad fundamental de la que estaba hecha la materia. En 1932, James Chadwick, descubrió que el núcleo contenía otras partículas, llamadas neutrones que tenían casi la misma masa que el protón, pero que no poseían carga eléctrica.
Hasta hace veinte años, se creía que los protones y los neutrones eran partículas “elementales” pero en realidad, estaban formados por partículas más pequeñas. Estas partículas fueron llamadas quarks por el físico Murray Gell-Mann.
Existe un cierto número de variedades diferentes de quarks: se cree que hay como mínimo seis.
Actualmente sabemos que ni los átomos, ni los protones y neutrones, dentro de ellos, son indivisibles. Así la cuestión es: ¿cuáles son las verdaderas partículas elementales, los ladrillos básicos con los que todas las cosas están hechas? La mecánica cuántica nos dice que todas las partículas son en realidad ondas, y que cuanto mayor es la energía de una partícula, tanto menos es la longitud de onda de su onda correspondiente. Así, la mejor respuesta que se puede dar a nuestra pregunta depende de lo alta que sea la energía que podamos comunicar a las partículas, porque ésta determina lo pequeña que ha de ser la escala de longitudes a la que podemos mirar. Estas energías de las partículas se miden normalmente en una unidad llamada electrón-voltio. Sabemos que las partículas que se crían “elementales” hace veinte años, están de hecho, constituidas por partículas más pequeñas. ¿Pueden ellas, conforme obtenemos energías todavía mayores, estar formadas por partículas aún más pequeñas? Esto es ciertamente posible, pero tenemos algunas razones teóricas para creer que poseemos, o estamos muy cerca de poseer, un conocimiento de los ladrillos fundamentales de la naturaleza.
Todo en el universo, incluyendo la luz y la gravedad, puede ser descrito en términos de partículas. Estas partículas tienen una propiedad llamada espín. Un modo de imaginarse el espín es representando a las partículas como pequeñas peonzas girando sobre su eje. Sin embargo, esto puede inducir a error, porque la mecánica cuántica nos dice que las partículas no tienen ningún eje bien definido. Lo que nos dice realmente l espín de una partícula es cómo se muestra la partícula desde distintas direcciones. Existen partículas que no parecen las mismas si uno las gira justo una vuelta: ¡hay que girarlas dos vueltas completas!
Todas las partículas conocidas del universo se pueden dividir en dos grupos: partículas de espín 1/2, las cuales forman la materia del universo, y las partículas de espín 0, 1 y 2, las cuales dan lugar a las fuerzas entre las partículas materiales. Las partículas materiales obedecen a lo que se llama el principio de exclusión de Pauli que dice que dos partículas similares no pueden existir en el mismo estado, es decir, que no pueden tener ambas la misma posición y la misma velocidad, dentro de los límites fijados por el principio de incertidumbre. El principio de exclusión es crucial porque explica por qué las partículas materiales no colapsan a un estado de muy alta densidad, bajo la influencia de las fuerzas producidas por las partículas de espín 0, 1 y 2. Si el mundo hubiera sido creado sin el principio de exclusión, los quarks no formarían protones y neutrones independientes bien definidos. Ni tampoco éstos formarían, junto con los electrones, átomos independientes bien definidos. Todas las partículas se colapsarían formando una “sopa” densa, más o menos uniforme.
En 1928 una teoría satisfactoria fue propuesta por Paul Dirac que fue la primera que era a la vez consistente con la mecánica cuántica y con la teoría de la relatividad especial. Explicó matemáticamente por qué  el electrón tenía espín 1/2, es decir, por qué no parecía lo mismo si se giraba sólo una vuelta completa. Pero sí que lo hacía si se giraba dos vueltas. También predijo que el electrón debería tener una pareja: el antielectrón o positrón (descubierto en 1932). Hoy en día sabemos que cada partícula tiene su antipartícula, con la que puede aniquilarse. Podrían existir antimundos y antipersonas enteros hechos de antipartículas. Pero, si se encuentra usted con su antiyó, ¡no se dé la  mano! Ambos desaparecerían en un gran destello luminoso.
Una partícula material, tal como un electrón o un quark, emite una partícula portadora de fuerza. El retroceso producido por esta emisión cambia la velocidad de la partícula material. La partícula portadora de fuerza colisiona después con otra partícula material y es absorbida.


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