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viernes, 26 de septiembre de 2014

VIERNES DE PUNTACHO

Ella, según el consenso del vecindario, bajo el criterio de los convencionalismos cívicos, las normas morales y los cánones religiosos, era calificaba de vida disoluta, de perdida, de desgracia.

Engracia era su nombre, joven que apenas rebasaba los 20 años de vida. Tenía dos hermosos angelitos de abundante mata de bucles negros y abundante cepa de pestañas curvas y pobladas. Decía aquella turba calificadora, que eran hijos del pecado, pero yo, cada vez que los veía, veía a Dios en sus inocentes y tiernas miradas.
Un día, la turbulencia de su vida la enfermó  de mortal padecer. Seis meses bastaron para quedar su alma en sus huesos. Recuerdo haberle dicho admirarle su seguridad que vestía en aquellos “leggins”, no obstante sus huesudas piernas.

Veinte años después, su madre me llamo y me dijo me contaría una historia. Que traía una pena  atada en su alma. Que su hija, antes de internarse, vio al pie de su cama una horrible figura negra que no se le despegaba. Esa  misma señora oscura la siguió hasta el hospital donde ella estuvo internada. Que se la iba a llevar, le decía, ese fantasma. Me dijo también que Engracia le pedía con angustia que la corriera, pero ella no veía nada ni a nadie.
El doctor le sugirió, una mañana, que fuera a la ciudad para arreglar los protocolos administrativos de su muerte. A su regreso, la vio sin espanto alguno. La vio radiante, alegre y llena de vida. Ahí, le dijo que se la llevaría ya a casa pues la veía ya repuesta y sana. Pero ella  le contestó que no, que había venido una hermosa señora blanca. Que le había dicho que había venido por ella. Y ella, con toda la seguridad y con toda alegría, se quería ir con esa señora. Que ya no quería ir a casa.
Ella, la madre, salió a decirle al doctor que su hija ya estaba mejorada, que la diera de alta para que se la llevara. El doctor le contestó que  esa repentina resurrección no era más que la antesala de la muerte inminente, pues su cerebro estaba haciendo el último esfuerzo de no dejar morir su cuerpo.
En efecto, cuando ella regresó a su cama, Engracia, dibujada tenía en su faz una afable sonrisa. Ella estaba hermosamente muerta.

Señora, le dije, con trémula voz y ojos quebrados, ahora también tengo yo para usted que contarle una historia.
Un día, Engracia detuvo, de la nada, nuestra plática para cumplir, un rito con religiosidad cumplida: cerró sus ojos y quedó en silencio por un breve instante. Al término de esa pausa, ella me contó, que un día, levantó de la calle una hoja ajada cuyos pocos trazos visibles le permitieron ver, de una virgen, un rostro, y sus trazos legibles, le permitieron leer, de esa virgen, una promesa: Que quien rezara una Ave María a diario y a las doce del día, Ella, la Virgen, vendría por ella en la hora postrera.
Señora, le dije, quite usted esa pena pasajera de su alma y ponga una alegría eterna, pues esa señora blanca no era más que la Virgen quien vino por ella.

Un ministro a quien, aquella madre, días después le contó ambas historias, le contestó en tono perentorio, que dudaba, que no estaba seguro, que los pecados de la carne pudren el alma, que aquella vida pecadora no podría ser, por un rezo, perdonada, porque ciertamente Dios es amor, pero Dios también es justo, si no,  no fuera Dios.

Yo, que también soy un pecador, estoy seguro que, Engracia, cambiaría mil años de su celestial eternidad ahora, por un segunda para gritarle en tono de ruego al ministro, que ella creía con seguridad vivencial y certera, que Dios ve los pecados del alma, los del cuerpo ni se acuerda; que, ciertamente, Dios es juez, pero también, Dios es Amor, si no, Dios no fuera.

-Acrela-


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