Ella, según el consenso del vecindario, bajo el
criterio de los convencionalismos cívicos, las normas morales y los cánones religiosos,
era calificaba de vida disoluta, de perdida, de desgracia.
Engracia era su nombre, joven que apenas rebasaba
los 20 años de vida. Tenía dos hermosos angelitos de abundante mata de bucles
negros y abundante cepa de pestañas curvas y pobladas. Decía aquella turba
calificadora, que eran hijos del pecado, pero yo, cada vez que los veía, veía a
Dios en sus inocentes y tiernas miradas.
Un día, la turbulencia de su vida la
enfermó de mortal padecer. Seis meses
bastaron para quedar su alma en sus huesos. Recuerdo haberle dicho admirarle su
seguridad que vestía en aquellos “leggins”, no obstante sus huesudas piernas.
Veinte años después, su madre me llamo y me
dijo me contaría una historia. Que traía una pena atada en su alma. Que su hija, antes de
internarse, vio al pie de su cama una horrible figura negra que no se le despegaba.
Esa misma señora oscura la siguió hasta
el hospital donde ella estuvo internada. Que se la iba a llevar, le decía, ese
fantasma. Me dijo también que Engracia le pedía con angustia que la corriera,
pero ella no veía nada ni a nadie.
El doctor le sugirió, una mañana, que fuera a
la ciudad para arreglar los protocolos administrativos de su muerte. A su
regreso, la vio sin espanto alguno. La vio radiante, alegre y llena de vida.
Ahí, le dijo que se la llevaría ya a casa pues la veía ya repuesta y sana. Pero
ella le contestó que no, que había venido
una hermosa señora blanca. Que le había dicho que había venido por ella. Y
ella, con toda la seguridad y con toda alegría, se quería ir con esa señora.
Que ya no quería ir a casa.
Ella, la madre, salió a decirle al doctor que
su hija ya estaba mejorada, que la diera de alta para que se la llevara. El
doctor le contestó que esa repentina
resurrección no era más que la antesala de la muerte inminente, pues su cerebro
estaba haciendo el último esfuerzo de no dejar morir su cuerpo.
En efecto, cuando ella regresó a su cama, Engracia,
dibujada tenía en su faz una afable sonrisa. Ella estaba hermosamente muerta.
Señora, le dije, con trémula voz y ojos
quebrados, ahora también tengo yo para usted que contarle una historia.
Un día, Engracia detuvo, de la nada, nuestra
plática para cumplir, un rito con religiosidad cumplida: cerró sus ojos y quedó
en silencio por un breve instante. Al término de esa pausa, ella me contó, que
un día, levantó de la calle una hoja ajada cuyos pocos trazos visibles le
permitieron ver, de una virgen, un rostro, y sus trazos legibles, le
permitieron leer, de esa virgen, una promesa: Que quien rezara una Ave María a
diario y a las doce del día, Ella, la Virgen, vendría por ella en la hora
postrera.
Señora, le dije, quite usted esa pena pasajera de
su alma y ponga una alegría eterna, pues esa señora blanca no era más que la
Virgen quien vino por ella.
Un ministro a quien, aquella madre, días
después le contó ambas historias, le contestó en tono perentorio, que dudaba,
que no estaba seguro, que los pecados de la carne pudren el alma, que aquella
vida pecadora no podría ser, por un rezo, perdonada, porque ciertamente Dios es
amor, pero Dios también es justo, si no,
no fuera Dios.
Yo, que también soy un pecador, estoy seguro
que, Engracia, cambiaría mil años de su celestial eternidad ahora, por un
segunda para gritarle en tono de ruego al ministro, que ella creía con
seguridad vivencial y certera, que Dios ve los pecados del alma, los del cuerpo
ni se acuerda; que, ciertamente, Dios es juez, pero también, Dios es Amor, si
no, Dios no fuera.
-Acrela-

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