1.
En el vestidor del club dos chicas se preparaban para ir a su clase de
tenis. Le preguntó Goretina a Pirulina: “¿Por qué usas ligas negras?”.
Respondió Viperia, quien también se encontraba en el vestidor “Es en memoria de
los que han pasado al más allá”...
2 2. Un salaz individuo y una mujer ardiente aprovecharon las sombras de la
noche para hacer el amor entre los arbustos de una plaza pública. Entregados
estaban a los urentes deliquios de aquel ilícito himeneo –y meneo- cuando los
sorprendió un gendarme. “¿Qué hacen?” -les preguntó, severo. La mujer, sin
quitarse de donde estaba, sacó una navaja y esgrimiéndola ante el policía le
espetó con violencia: “¡Vaya usted a joder a su madre!”. “Quedan ustedes
detenidos” –dijo el guardia. “¿Por qué?” -preguntaron al unísono el hombre y la
mujer sin abandonar la posición en que se hallaban. Respondió el policía:
“Usted, señora, por traer un arma ofensiva en su persona. Y usted, caballero,
por traer una persona ofensiva en su arma”…
3.
Aquel pobre hombre llamado Meñico Maldotado estaba casado con doña
Tremebunda, mujer de gran estatura y sobre todo de anchuras continentales. Pues
bien, Meñico sufría mucho a causa de su pequeñez en la región correspondiente a
la entrepierna. Hizo un viaje a oriente y consiguió una pócima que aumentaba la
medida varonil. Le dijo el que se la vendió que debía tomarla por gotas, una
cada día, pues la eficacia de aquel brebaje mágico era grande. De regreso a su
casa Meñico empezó a tomar las gotas. En los siguientes días, sin embargo, no
advirtió ningún resultado digno de mención, de modo que una noche llevó a cabo
una drástica acción: se bebió de golpe todo el contenido de la garrafa,
equivalente a un galón o poco menos. ¡Sorpresa! De inmediato aquella parte de
Meñico empezó a crecer visiblemente. Llamó a su esposa, entusiasmado, y ella se
regocijó con el milagro. Pero le seguía creciendo la parte de Meñico, tanto que
ya iba a la altura del clóset. Siguió la aumentación, irrefrenable, hasta que
la parte susodicha llegó al techo. Doña Temebunda, con grandes voces y muy emocionada
(pues la señora vivía resignada e insatisfecha) llamó a la criada:
"¡Petra! ¡Petra!". Acudió presurosa la fámula, y al ver aquello se
fue de espaldas. (Cómo no se fue de bruces). "¡Rápido! -le ordenó la
señora-. ¡Trae el hacha!". Fue como un bólido la criada, regresó con el
hacha y fue en derechura de Meñico, cuya parte le seguía creciendo más aún.
"Yo fui leñadora en mi pueblo, derribé enormes árboles en el rio. ¿Dónde
corto Señora?" -preguntó muy decidida esgrimiendo la filosa herramienta
frente al asustado Meñico. "¡No seas bruta! -la detuvo la señora-. ¡El
hacha es para abrir un agujero en el techo!"...

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