1- San Balano de Alejandría era ermitaño. Vivía en una cueva del desierto entregado a la oración. Digo “a la oración” porque nada más se sabía una. Cierto día entró en su gruta una bellísima mujer. San Balano pensó que era el demonio, pero ¿podía tener el diablo semejante grupa, tan firme y poderosa; y esas dos morbideces pectorales, túrgidas y enhiestas; y esas piernas blancas y torneadas; y esos muslos incitantes, pórtico de un oculto paraíso; y esas ebúrneas carnes que se ofrecían, lascivas, a las caricias y a los besos. En la presencia de San Balano la preciosa fémina empezó a desatar con voluptuosidad las cintas de su levísimo corpiño, con lo que dejó ver el principio de sus perfectos senos. “¡Señor! –clamó lleno de angustia el ermitaño-. ¡Cierra mis ojos!”. Cuando los abrió poco después, pensando que la mujer se había marchado ya, la vio frente a él hermosamente desnuda, pagana Venus que le tendía los brazos lúbrica y ardiente. “¡Señor! –clamó entonces San Balano-. ¡Cierra tus ojos!”…
2- En Navidad el papá de Pepito le regaló un estuche de magia. Le dijo: “Si me desapareces esta moneda te daré 10 pesos”. “¡Uh! -exclamó Pepito con desdén-. ¡Mi hermana y su novio me dan 100, y lo único que tengo que hacer es desaparecerme yo!”...
3- El rudo vaquero llegó a la peluquería del pueblo y le pidió al barbero que lo afeitara. "Pero hay un problema -declaró-. Tengo la barba muy cerrada, y nadie ha podido nunca afeitarme completamente al ras". "Yo lo haré -respondió el de la barbería-. Métase esto en la boca". Y así diciendo le entregó una pequeña esfera metálica. El vaquero se la puso en la boca, primero de un lado, después del otro, y así, con el carrillo alzado, el barbero pudo afeitarlo al ras. "Magnífico -reconoció el vaquero-. Vendré otra vez mañana. Pero ¿qué pasa si me trago la bola de metal?". "Nada -respondió el de la barbería-. Simplemente me la trae al día siguiente, como hacen los demás"...


