Aquel apóstol camina sudoroso, con paso
motorizado ahora, pero todavía artesano.
Tiene su cuerpo la huella del precio de su
apostolado: “Cinco mordidas de perros y hasta una orinada, tres caídas y una
chocada –Relata con alegre y orgullosa sonrisa-. Pero mis peores enemigos
–prosigue.- No son ellos, ni el sol ni la lluvia: Mi peor enemigo es la Técnica.
El día que me venza, ese día me muero”.
Me cuenta una de sus infinitas vivencias: “Llegué
muy de mañana a una pocilga. Me recibió una anciana. Vivía sola. Me ofreció un
café en lo que habría su escrito. Estalló en júbilo hasta las lagrimas, y me abrazó
por no sé cuantas horas” “Es mi hijo –me dijo la anciana-. Que me avisa que en quince
días estará ya de regreso.” “Yo –dijo melancólico el hombre-. Rompí a llorar
como un niño” “Disculpe usted señor –me dijo la anciana-. Si lo he hecho
llorar, pero es que mi hijo hace 30 años que estaba encerrado pagando una pena
en país ajeno. No estaba conmigo, no estaba conmigo” “No se preocupe señora- le
contesté llorando-. Lo que pasa es que también, treinta años a, que mi madre no
está conmigo, pues está en la tumba. Y hoy, he sentido que ella me ha abrazado.
Y abracé, ahora yo, a la anciana, no sé cuantas horas”.
Tiene razón aquel hombre: el día que deje y se
deje abrazar, no su oficio, ni su profesión, sino de su apostolado, ese día
morirá aquel Cartero.
-
Acrela -
0 comentarios:
Publicar un comentario