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Don
Martiniano cuestionó a doña Jodoncia, su consorte: “¿Qué harías si te enteraras
de que me saqué la lotería?”. Contestó ella sin vacilar: “Te exigiría la mitad
del premio, y en seguida me largaría de la casa”. “Muy bien -dice don
Chinguetas-. Me saqué 200 pesos. Aquí tienes 100. Cumple tu palabra”.
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Dijo el
reportero: “Hubo un terremoto en Spzklyndwrmgf, Europa del Este”. Pregrunt[o el
editor: “¿Cómo se llamaba el lugar antes del sismo?”…
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Frase
cínica: “Una mujer se casa con un hombre esperando que el hombre cambiará, y el
hombre no cambia. Un hombre se casa con una mujer esperando que la mujer no
cambiará, y la mujer cambia”.
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Loretela
era una linda chica en edad de merecer. Tenía un hermano a quien llamaban
Pansy, pues a más de ser algo regordete era gay. Sucedió que a Loretela le
salió un guapo pretendiente, joven, viril, fornido de cuerpo y de
estatura procerosa. El apuesto muchacho la invitó a un baile. “Podrás ir -le
dijo a Loretela su papá-, pero a condición de que Pansy te acompañe. No me fío
de ese tipo”. “¡Pero, padre! -protestó ella-. ¿Qué va a decir Heraclio -así se
llamaba el galán- cuando vea a mi hermano? Sus modales son demasiado femeninos.
Parece Reina de la Primavera”. “Pues ya lo sabes -contestó, irreducible, el
genitor-. O vas con Pansy o no vas”. Mal de su grado Loretela hubo de aceptar.
Antes de ir a la cita, sin embargo, habló seriamente con su hermano. “Por
favor, Pansy -le dijo-, cuando te presente con Heraclio no hables con tono
aflautado, ni hagas los movimientos feminoides que haces. Procura asumir una
actitud varonil”. Pansy le prometió que haría su mejor esfuerzo. En efecto,
llegado el momento Loretela le dijo a Heraclio, algo nerviosa: “Te presento a
mi hermano”. “Mucho gusto” -saludó el galán. Pansy, con voz ronca y gesto
adusto, le contestó fijando en él una mirada penetrante: “¿Qué pasó, cuñao?”.
Su tono y ademán fueron tan de macho que el otro se sobresaltó. Prosiguió Pansy
con el mismo continente grave: “Mucho cuidado ¿eh? Mi hermana no está sola.
Tiene quien vea por ella”. “Lo sé -respondió, inquieto, el pretendiente-. Pero
quiero decirle que mis intenciones son serias y.”. “Se lo repito -le advirtió,
severo, Pansy-. Tenga cuidado, porque si no.”. En este punto se interrumpió
súbitamente. Volviéndose hacia Loretela le dijo con su voz mujeril de siempre y
con femenino melindre de desesperación: “¡Ay no! ¡Yo ya me cansé!”. En ese
momento, Heraclio, abrazando a Pansy dijo: “¡Ay, Yo también!. (Y ya no fueron
al baile).

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