1.
Doña Macalota fue con el
doctor Ken Hosanna y le contó que se sentía siempre débil, sin energía. Le
indicó el facultativo: “Voy a recetarle hormonas masculinas. Pienso que con eso
adquirirá usted vigor”. Unas semanas después el médico se topó en la calle con
doña Macalota y le preguntó cómo le había ido con el tratamiento. “A usted lo
quería encontrar Doctor –respondió ella-. “Qué bueno” -se alegró el galeno-.
“Pero desde que estoy tomando las
hormonas me ha estado saliendo mucho vello”. “Eso no debe preocuparla -afirmó
el doctor Hosanna-. El consumo de hormonas masculinas provoca siempre un ligero
crecimiento en el vello corporal. Dígame: ¿en qué parte del cuerpo le apareció
ese vello?”. Replicó doña Macalota, sacando una pistola: “En los testículos
cabrón”...
2. Nalgarina
Grandchichier, vedette de moda, conoció a don Senescio, un maduro caballero, y
le echó el ojo. Le comentó su intención a su amiga. Ésta le contesto: “Pero el señor
es tan viejo que podría ser tu padre”. “Ah si –le espetó Nalgarina- pero es tan
rico que será mi esposo”...
3. Doña Panoplia de
Altopedo, aristocrática señora, salió a correr a la caída de la tarde en el
parque de su colonia. Después de darle varias vueltas se sintió fatigada y se
sentó a descansar en una banca del jardín. En eso llegó un astroso vagabundo y
tomó asiento junto a ella. Le dijo el haragán: “Parece que ésta es mi noche de
suerte. Le agradezco su buena disposición, señora, porque tengo ya varios meses
que no le hago el amor a una mujer”. “¡Insolente pelafustán truhán grosero
majadero barbaján maldito, muerto de hambre! -profirió con indignación doña
Panoplia sin siquiera usar comas en su apóstrofe-. ¿Por qué piensa, bribón
inverecundo, que tengo esa disposición?”. “Y ¿qué quiere usted que piense,
señora mía? -respondió, imperturbable el vagabundo-. Está usted sentada en mi cama”...

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