Y el hombre paseaba, meditabundo, cabizbajo.
Nadie sabía en pensaba. Había pasado sus
últimos veinte años sumido en una tristeza existencial. Se hizo vagabundo y recorrió
el mundo en su total esfera, en busca de la causa de su infelicidad.
Regresó a su lugar de origen, y seguía
apesadumbrado.
Un día, sentado en un basurero, encontró una lámpara,
la cual frotó con exultación. Salió el genio consabido, con sus tres deseos. El
hombre le pidió que se los concediera por separado. El genio razonó que el
libreto señalaba que deben ser los tres juntos, pero también razonó que tendría
así tres oportunidades de salir de su encierro milenario. Pidió pues, el hombre
el primer deseo: “Hazme el hombre más bello de entre todos los hombres”. El
genio le concedió con rutina y desdén su pedido. Al punto se vio gozando de los
rasgos y trazos más perfectos negados a cualquier hombre sobre la faz de la
tierra y en el haz del tiempo y de su historia. Se fue el hombre bello y se le acercaron,
en multitud, las mujeres más bellas de donde pisaba pie. Pasado un tiempo,
frotó nuevamente la lámpara y ahora pidió su segundo deseo: “Hazme el hombre
más rico de este mundo”. El genio con un dejo de tristeza lo revistió de oro. Y
se alejó nuevamente, ahora, el hombre más bello y rico del mundo. Con el
dinero, compró lo que su hermosura no podía: El quedarse de aquellas mujeres, poder, placeres, voluntades,
posiciones, y, no se diga, propiedades.
Pasado un tiempo, más largo, regresó el hombre y pidió al genio su
último deseo: “Quiero ser el hombre más
feliz del universo”. El genio, despidiéndose con alegría, asintió diciendo: Sea en ti lo que me pides”.
Y el
genio lo hizo pobre.
-ACRELA-

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