Ella sale,
con paso largo y apresurado, -por el tumulto de sus “obligaciones”- todas las mañanas y recorre las calles de la
ciudad para llegar a cuantos hogares puede.
Ella, con
paso, todavía, más largo y apresurado –por su idiosincrasia- recorre las calles
para llegar a la escuela.
Aquélla, es
la madre.
Ésta, es la
hija.
Aquélla, llega a las puertas y como si no quisiera
vender, porque todo es prisa en ella, ofrece los productos que alcanza a darle
la tierra de su patio, allá en su rancho.
Una clienta
le reclama su prisa de siempre. Ella arguye que le esperan mil obligaciones:
cosechar sus hiervas, regar su huerto, lavar las heridas al marido, que
postrado yace en la cama, preparar el desayuno para él, para su única hija y
para la nieta y llevarla a la escuela- vender sus legumbres, pasar al mercado,
recoger a la nieta, regresar a su pueblo, tender las camas, hacer la casa,
preparar y servir la comida, levantar la mesa, lavar y planchar la ropa (del
marido, de la hija y de la nieta, la de ella, si le sobra tiempo), hacer la
cena, levantar la mesa, lavar los trastes, acostar a la nieta, signarse en el
alma sus rezos y guardar el sueño (no sus sueños) en la corta noche que le
queda.
“Pues… ¿qué
no le ayuda su hija?” - Le pregunta en tono perentorio una ama de casa que es
su clienta-. “¡No, no, no, no, no! –Exclama con indignación la interrogada, y
continúa- Mi hija no puede ni debe hacer quehaceres, pues ha usted de saber
chulita, que mi hija tentó estudio”.
Siguió
recorriendo las calles la señora y siguió caminando su camino la vida. Y ahora
se ve a aquella madre, ya con canas en su añosa trenza, casi jorobada y con
paso lento, trabajoso y renqueante, más por no atenderse que por el paso de la
vida. Ahora, sigue haciendo todo lo que ha hecho por años, pero con el agregado
que ahora son ocho nietos los que cuida.
Hace mucho
que ya no toca la puerta de la ama de casa que la cuestionó hace años, desde un
día que le dijo algo que le caló en su conciencia pero más en su alma. Le dijo
la tal señora: “Eso le pasa porque a su hija no la dejó usted nunca tentar la vida”. Quizá ese peso de
consciencia le arqueó, más que el cuerpo, su vida.
-Acrela-

0 comentarios:
Publicar un comentario