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viernes, 7 de noviembre de 2014

VIERNES DE PUNTACHO

Ella sale, con paso largo y apresurado, -por el tumulto de sus “obligaciones”-  todas las mañanas y recorre las calles de la ciudad para llegar a cuantos hogares puede.

Ella, con paso, todavía, más largo y apresurado –por su idiosincrasia- recorre las calles para llegar a la escuela.

Aquélla, es la madre.
Ésta, es la hija.

Aquélla,  llega a las puertas y como si no quisiera vender, porque todo es prisa en ella, ofrece los productos que alcanza a darle la tierra de su patio, allá en su rancho.
Una clienta le reclama su prisa de siempre. Ella arguye que le esperan mil obligaciones: cosechar sus hiervas, regar su huerto, lavar las heridas al marido, que postrado yace en la cama, preparar el desayuno para él, para su única hija y para la nieta y llevarla a la escuela- vender sus legumbres, pasar al mercado, recoger a la nieta, regresar a su pueblo, tender las camas, hacer la casa, preparar y servir la comida, levantar la mesa, lavar y planchar la ropa (del marido, de la hija y de la nieta, la de ella, si le sobra tiempo), hacer la cena, levantar la mesa, lavar los trastes, acostar a la nieta, signarse en el alma sus rezos y guardar el sueño (no sus sueños) en la corta noche que le queda.
“Pues… ¿qué no le ayuda su hija?” - Le pregunta en tono perentorio una ama de casa que es su clienta-. “¡No, no, no, no, no! –Exclama con indignación la interrogada, y continúa- Mi hija no puede ni debe hacer quehaceres, pues ha usted de saber chulita, que mi hija tentó estudio”.
Siguió recorriendo las calles la señora y siguió caminando su camino la vida. Y ahora se ve a aquella madre, ya con canas en su añosa trenza, casi jorobada y con paso lento, trabajoso y renqueante, más por no atenderse que por el paso de la vida. Ahora, sigue haciendo todo lo que ha hecho por años, pero con el agregado que ahora son ocho nietos los que cuida.

Hace mucho que ya no toca la puerta de la ama de casa que la cuestionó hace años, desde un día que le dijo algo que le caló en su conciencia pero más en su alma. Le dijo la tal señora: “Eso le pasa porque a su hija no la dejó usted nunca  tentar la vida”. Quizá ese peso de consciencia le arqueó, más que el cuerpo, su vida.


-Acrela-


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