Por su puerta, pasaron unos lamentos renqueantes, y hasta el fondo de su corazón de madre, llegaron y le afloraron, no su instinto, sino vocación maternal. Lo llamó y se sentó en su puerta y escuchó su pena.
Ella, era mi madre diaria; él, un mendigo cotidiano. Le contó que en una riña de cantina, con un machete y de un tajo, le habían arrancado un pedazo de pierna. A la altura de la pantorrilla, su pantalón mostraba una mancha húmeda. Se levantó la tela y apareció una hendidura en completa pudrición, donde emanaba pus, líquidos amarillentos y sangre. Pululaban larvas y se posaban moscas. El hueso, que ya estaba en gran medida expuesto, denotaba ya deterioro.
Mi madre, recordó que alguna vez, Monseñor López Lara, le había regalado una espuma para heridas. Su olor nunca lo he olvidado. Le dijo mi madre, con voz profética, que regresara al día siguiente. Mientras le lavó aquella podredumbre, con jabón neutro y agua.
Mi madre, conociendo al Padre Román, aquél asceta canadiense que santificaba la tierra mixteca, pensó en preguntarle qué decía el recipiente de aquella espuma, pues todas sus letras eran extranjeras. Ella no sabía nada de letras extranjeras, sólo sabía que aquél hombre era santo y era extranjero y por deducción concluyó que él, las entendería. Ella, que por sus quehaceres, no asomaba a la calle, asomó sólo una vez y apareció la transparente figura del anacoreta. En el lenguaje universal de la caridad, le habló de aquél menesteroso y le pidió le tradujera aquella medicina. El cenobita, disintió con su cabeza y dijo que sólo era para heridas pequeñas y rasguños. Viendo que una lágrima brotaba del corazón de mi madre, el ermitaño preguntó: “¿Tú crees Madre, que pueda servirle?” “Si usted me dice que sí, estoy segura” -le contesto con alegría mi madre-. El santo, cerrando sus ojos, tejiendo una oración con sus labios y bendiciendo aquel bote, le dijo con ese misterio numerario bíblico:, “Aplícasela sólo tres veces intercalando un día entre ellas”. Así lo hizo ella. Al tercer día, la herida ya no supuraba; al quinto, presentó y una costra; y al séptimo, ya estaba cerrada.
Mi madre se asomaba a diario esperando ver al sacerdote para contarle. Seis meses tardó en volver a verlo. Ella corrió a su encuentro y él, se lo dijo primero: “Lo sé, y Dios te da las gracias a ti". " ¿A mí? -preguntó mi madre sintiéndose indigna- Si el que rezó y bendijo la medicina fue usted padre". "Escucha hija -le contesto con amabilidad el ermitaño- Los milagros no se dan por ciencia aplicada o por arte de magia o por oración rezada. Los milagros son realidad creída. Yo te pregunté y tú creíste".
Así dijo el Santo, y se alejó a su montaña.
-Acrela-

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