1. Con fundamento en la experiencia laboral, bien dice don Encino, el pícaro carpintero del pueblo: “Hacen falta varias tablas para hacer una cuna, pero sólo un palito para llenarla”...
2. LLEGÓ LA SERÑORITA PERIPALDA, madura señorita y encargada del catecismo de la Catedral, al consultorio del doctor Molar, odontólogo de fama, y sin decir palabra empezó a desvestirse. Desconcertado, le dijo el odontólogo: “Me temo que sufre usted una equivocación, señora. El consultorio del ginecólogo está en el segundo piso”. “Ninguna equivocación –respondió la respetada señorita, toda apenada-. Usted le puso la dentadura a don Doremifo, el cantor, usted sabrá cómo sacarla”...
3. Don Molacho había perdido ya todos los dientes.”No joda compadrito –Le dijo don Transilvano, alias `el Colmillos`-. Así va usted a usted a perder la intimidad con mi comadre. Haga como yo, la semana pasada me fui a poner dentadura postiza y viera los ímpetus juveniles de su comadre”. Así, pues, don Molacho, a instancias de el “Colmillos” se fue a poner una dentadura, y para darle la sorpresa a su mujer llegó a su casa cuando ya ella estaba acostada, se metió en la cama, y en la oscuridad de la habitación hizo sonar la placa dental a manera de crótalos o castañuelas. Habló la señora y dijo: “Si me vas a follar hazlo rápido “Colmis”, porque no tarda en llegar el chimuelo”…
4. Corniciano le dijo a su compadre Memotelo: “Quiero pedirle un gran favor”. “El que sea, compadre –replicó el otro-. Gustosamente haré lo que me pida”. Dijo Corniciano: “Con mucho dolor he descubierto que mi mujer me engaña. Los martes y los jueves se encuentra con un sujeto en el departamento de éste, situado en el piso 10 de un edificio. Yo he alquilado una habitación en un hotel que queda enfrente, y desde ahí los he visto consumar su adulterina relación”. Preguntó Memotelo con curiosidad: “¿Y qué tal lo hacen?”. “Me duele mucho porque mi esposa ha sido una conservadora que solo lo hemos hecho en una sola posición que manda nuestra religión y la naturaleza. Pero ese aspecto de la cuestión no viene al caso –se amoscó el marido-. Lo que importa es que es usted campeón de tiro del estado. Quiero que desde la ventana del hotel dispare su rifle con certera puntería y le vuele al amante de mi esposa los testes, dídimos o compañones, vale decir los testículos, en justo castigo por su demasía”. “Lo haré con mucho gusto, compadre –dijo el otro-.Nada me agrada más que el tiro de precisión sobre objetos móviles. Precisamente acabo de comprar un rifle Blaser R8 con mira telescópica que servirá perfectamente al caso”. Puestos de acuerdo ya los dos compadres, llegó el día del ilícito encuentro de la mujer con su rufián. Desde la ventana del hotel el coronado esposo y el riflero los vieron realizar el foreplay o prolegómenos del acto –besos ardientes, caricias encendidas-, y en seguida miraron cómo los amantes se despojaban uno al otro de sus ropas, dispuestos ya para la coición. Empezaron las acciones. Memotelo levantó su rifle, y con la mira telescópica tomó cuidadosa puntería. Dijo: “Veo con claridad los éstos del amante. No fallaré el tiro”. “¡Dispare, compadre, Dispare!” –pidió Corniciano con ansiedad mal contenida. Ya iba a jalar el gatillo el francotirador, pero de pronto se volvió hacia el marido y le preguntó: “Compadre: ¿no importa si dejamos chimuela a la comadre?”…








