sábado, 29 de noviembre de 2014
viernes, 28 de noviembre de 2014
VIERNES DE PUNTACHO
Por su puerta, pasaron unos lamentos renqueantes, y hasta el fondo de su corazón de madre, llegaron y le afloraron, no su instinto, sino vocación maternal. Lo llamó y se sentó en su puerta y escuchó su pena.
Ella, era mi madre diaria; él, un mendigo cotidiano. Le contó que en una riña de cantina, con un machete y de un tajo, le habían arrancado un pedazo de pierna. A la altura de la pantorrilla, su pantalón mostraba una mancha húmeda. Se levantó la tela y apareció una hendidura en completa pudrición, donde emanaba pus, líquidos amarillentos y sangre. Pululaban larvas y se posaban moscas. El hueso, que ya estaba en gran medida expuesto, denotaba ya deterioro.
Mi madre, recordó que alguna vez, Monseñor López Lara, le había regalado una espuma para heridas. Su olor nunca lo he olvidado. Le dijo mi madre, con voz profética, que regresara al día siguiente. Mientras le lavó aquella podredumbre, con jabón neutro y agua.
Mi madre, conociendo al Padre Román, aquél asceta canadiense que santificaba la tierra mixteca, pensó en preguntarle qué decía el recipiente de aquella espuma, pues todas sus letras eran extranjeras. Ella no sabía nada de letras extranjeras, sólo sabía que aquél hombre era santo y era extranjero y por deducción concluyó que él, las entendería. Ella, que por sus quehaceres, no asomaba a la calle, asomó sólo una vez y apareció la transparente figura del anacoreta. En el lenguaje universal de la caridad, le habló de aquél menesteroso y le pidió le tradujera aquella medicina. El cenobita, disintió con su cabeza y dijo que sólo era para heridas pequeñas y rasguños. Viendo que una lágrima brotaba del corazón de mi madre, el ermitaño preguntó: “¿Tú crees Madre, que pueda servirle?” “Si usted me dice que sí, estoy segura” -le contesto con alegría mi madre-. El santo, cerrando sus ojos, tejiendo una oración con sus labios y bendiciendo aquel bote, le dijo con ese misterio numerario bíblico:, “Aplícasela sólo tres veces intercalando un día entre ellas”. Así lo hizo ella. Al tercer día, la herida ya no supuraba; al quinto, presentó y una costra; y al séptimo, ya estaba cerrada.
Mi madre se asomaba a diario esperando ver al sacerdote para contarle. Seis meses tardó en volver a verlo. Ella corrió a su encuentro y él, se lo dijo primero: “Lo sé, y Dios te da las gracias a ti". " ¿A mí? -preguntó mi madre sintiéndose indigna- Si el que rezó y bendijo la medicina fue usted padre". "Escucha hija -le contesto con amabilidad el ermitaño- Los milagros no se dan por ciencia aplicada o por arte de magia o por oración rezada. Los milagros son realidad creída. Yo te pregunté y tú creíste".
Así dijo el Santo, y se alejó a su montaña.
-Acrela-
jueves, 27 de noviembre de 2014
miércoles, 26 de noviembre de 2014
martes, 25 de noviembre de 2014
lunes, 24 de noviembre de 2014
LUNES DE CHISTE (Clasificación B)
1.
Doña Macalota fue con el
doctor Ken Hosanna y le contó que se sentía siempre débil, sin energía. Le
indicó el facultativo: “Voy a recetarle hormonas masculinas. Pienso que con eso
adquirirá usted vigor”. Unas semanas después el médico se topó en la calle con
doña Macalota y le preguntó cómo le había ido con el tratamiento. “A usted lo
quería encontrar Doctor –respondió ella-. “Qué bueno” -se alegró el galeno-.
“Pero desde que estoy tomando las
hormonas me ha estado saliendo mucho vello”. “Eso no debe preocuparla -afirmó
el doctor Hosanna-. El consumo de hormonas masculinas provoca siempre un ligero
crecimiento en el vello corporal. Dígame: ¿en qué parte del cuerpo le apareció
ese vello?”. Replicó doña Macalota, sacando una pistola: “En los testículos
cabrón”...
2. Nalgarina
Grandchichier, vedette de moda, conoció a don Senescio, un maduro caballero, y
le echó el ojo. Le comentó su intención a su amiga. Ésta le contesto: “Pero el señor
es tan viejo que podría ser tu padre”. “Ah si –le espetó Nalgarina- pero es tan
rico que será mi esposo”...
3. Doña Panoplia de
Altopedo, aristocrática señora, salió a correr a la caída de la tarde en el
parque de su colonia. Después de darle varias vueltas se sintió fatigada y se
sentó a descansar en una banca del jardín. En eso llegó un astroso vagabundo y
tomó asiento junto a ella. Le dijo el haragán: “Parece que ésta es mi noche de
suerte. Le agradezco su buena disposición, señora, porque tengo ya varios meses
que no le hago el amor a una mujer”. “¡Insolente pelafustán truhán grosero
majadero barbaján maldito, muerto de hambre! -profirió con indignación doña
Panoplia sin siquiera usar comas en su apóstrofe-. ¿Por qué piensa, bribón
inverecundo, que tengo esa disposición?”. “Y ¿qué quiere usted que piense,
señora mía? -respondió, imperturbable el vagabundo-. Está usted sentada en mi cama”...
sábado, 22 de noviembre de 2014
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