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viernes, 11 de abril de 2014

LUNES DE PUNTACHO

En la mesa, el café humeante y la comida aún caliente esperaba. La madre, también esperaba al hijo para la cena.

Pasaban los minutos pero no la espera de la madre. Irrumpe esa calma un portazo violento de aquella casa de adobe. Era un joven quien con el rosto desencajado y las manos sangrantes entra y dice con espanto y amargura: “¡Señora! ¡Por favor deme refugio! ¡Necesito esconderme! Los gendarmes vienen siguiéndome” Pues ¿qué has hecho buen hombre? -Le interroga la anciana. “He matado a una persona. Hemos discutido y lo he asesinado. Yo no quería, yo no quería. Estoy arrepentido. No sé por qué lo he hecho”. “Muchacho – dijo la señora-. Tendrás que enfrentar tu acto, reparar tu falta. Piensa en la madre de tu amigo”. “Sí, lo sé -suplicó el individuo-. Pero Abel Recinos, antes de expirar me ha perdonado”. ¡Ay muchacho ¡ -gritó la anciana-. Ese que has matado, es mi hijo, es mi hijo”. “No me entregue por favor –hincado exclamó el sujeto-. Se lo suplico”. Señalando con la mano dijo sollozando aquella madre: “Anda, escóndete allí en mi ropero”. Llegaron los soldados y preguntaron a la mujer si no había visto a un individuo. Lo describieron. “No, no he visto a tal hombre” -dijo la anciana-. Se fueron los gendarmes y dándole la bendición, le dijo la madre al asesino: “Si Dios que es el autor de la vida de mi hijo, estoy seguro te ha perdonado, ¿quién soy yo para no hacerlo? Si sólo fui instrumento de esa vida. Hijo mío, yo te perdono, vete y no vuelvas a hacer eso nunca en tu vida. Haz obras buenas.”

El misterio del amor de las madres es divino o el misterio de amor de Dios es maternal, porque seguro estoy seguro que cuando muera aquél asesino, el buen Dios lo verá y le dirá: “Pasa hijo, si te perdonó la madre de Abel Recinos, quien es la autora de su vida, ¿quién soy yo para no hacerlo? Si sólo soy el instrumento de esa vida.

-Acrela-

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