1. En juicio público le dijo el juez al reo: “Se le acusa de haber golpeado
a su esposa con un martillo”. Desde atrás gritó un tipo hecho una furia:
“¡Desgraciado! ¡Canalla! ¡Maldito!”.El juez lo reprendió, severo. Le dijo:
“Entiendo, señor, su justo enojo ante una acción tan vil como ésta. Sin embargo
le pido que contenga sus expresiones, o me veré en la precisión de ordenarle
que salga de la sala”. “Perdone su señoría –se disculpó el sujeto-, pero toda
la vida he sido vecino de este grandísimo cabrón, y el güey, cada vez que le
pedía prestado un martillo me contestaba que no tenía”… ¡Maldito!...
22. La abuelita de Pepito lo exhortaba
constantemente a evitar pensamientos cochambrosos e impuros. Un día la abuelita
escuchó al niño que le decía a un amiguito: “Antes de irme a la cama por las
noches me hago la porla’’. La viejecita se espantó y de inmediato fue con la
mamá de Pepito. “Creo que deberías hablar con el niño -le dijo muy preocupada-.
Está haciendo en la cama cosas indebidas”. La señora llamó a Pepito y le preguntó
qué era aquello que hacía en la cama. “Me hago la porla’’ -respondió el
chiquillo con orgullo. “¿Ah, sí, hijito? -dijo la señora tratando de contener
su inquietud-. Y ¿cómo te haces la porla?’’. Explicó el niño: “Pongo los
deditos así y luego digo: ‘Por la señal...’’’...
33. Don Antiguardo, viejito chapado a la
antigua, y don Verderiano, viejito rabo verde, platicaban en una banca del
parque de la ciudad. Decia don Antiguardo: “No me gustaban las actuales modas
femeninas. Con pantalones unas mujeres se ven masculinas” “Para mí -refutó don
Verderiano- se ven masculonas”.
4. Plumario, el perico de doña Pudicia, se sabía religiosamente el rosario, el Nuevo
Catecismo Católico y todas las jaculatorias habidas y por haber. Un día, cuando doña Pudicia, que era tía de
Pepito, se fue a sus rezos vespertinos, el tremendo Pepito se subió a la barda
de su casa y desde ahí le repetía una y otra vez al perico: “Cabrón... Pendejo...
Pinche… Chingao…’’. En ese momento entró la tía Pudicia. “¡Pepito! -le dijo-. ¿Por
qué le estás enseñando malas palabras a Plumario?”. “No, tiíta, soy incapaz
-respondió el chiquillo-. Le estoy diciendo cuáles no debe pronunciar”








